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sábado, 31 de diciembre de 2011

Y Max negó a Disney

Peter Pank es una gamberrada muy seria de Max, una parodia del Peter Pan de J. M. Barrie que pronto saltó a la gran pantalla de la mano de la almibarada Disney. No hace falta ni decir que la factoría desactivó el subversivo original del escritor escocés, por lo que en puridad deberíamos rehacer la afirmación anterior y decir que el dibujante afincado en Mallorca parodió el sucedáneo de Disney.

Cuatro décadas después llegó trituradora-Spielberg y convirtió a Peter Pan en adulto (Hook), intentando dar una vuelta de tuerca a lo que había hecho la factoría de dibujos animados, pero, como siempre cuando se trata de apropiarse de historias de otros, se quedó en la superficie y nos aburrió. Años antes, Max iba a darle con cucharilla al cineasta convirtiendo a Peter Pan en adúltero.

El americano siempre tiene el mismo problema con las adaptaciones: no se atreve a incomodar al público, y su trabajo resulta molestamente cosmético: basta ver el destrozo al que ha sometido a Tintín. Un buñuelo de película pese a que el protagonista sea un clon perfecto del dibujo de Hergé.

Desde el principio, en el episodio de No future!, el primero en la edición integral de Peter Pank que acaba de salir a la venta, Max desvela con sinceridad que el nombre de este personaje se lo reveló su amigo Jordi Sempere, que hizo un juego de palabras (entre Peter Pan y punk) en el fragor de un bar. El dibujante andaba buscando un perfil y un marco a partir del cual retratar y hacer crítica social de las incipientes tribus urbanas de los ochenta. Aquella mezcla imposible entre lo punk y el candor del País de Nunca Jamás (el reino de nuestra infancia) terminó por convencerle. Puestos a ser transgresores, no tenía demasiado sentido que el telón de fondo para las peleas entre hippies y punkies fuera una sucia ciudad. Max es cualquier otra cosa menos un autor realista o costumbrista. Su mundo madura entre mitos antiguos (el bosque, las hadas, los hombres lobo...) e iconos de la cultura popular.

Tras leer estas historietas, uno se da cuenta de que el dibujante siempre está dispuesto a cualquier pirueta con tal de salvaguardar la libertad, al igual que su Peter Pank, quien cree que "siempre será mejor habitar el propio infierno que someterse al infierno de los demás". Ésta es la declaración de independencia más radical que jamás se haya pronunciado en el cómic. En estas páginas, los chicos descarriados de Disney son punkies; los piratas, rockers; los indios, hippies y las sirenas, ninfómanas. Básicamente, el cómic sigue la línea argumental de la cinta de Disney, pero en él se intercalan divertidísimos episodios de violencia gratuita, sexo y drogas propios del cómic underground (Shelton o Robert Crumb). Una fiesta.

El estupendo tomo de tapa dura, recientemente editado por La Cúpula, también contiene el segundo y tercer álbumes del personaje titulados El Licantropunk y el Pankdinista, en los que Max demuestra su capacidad para realizar un pastiche genial en el que tienen cabida diferentes obras literarias, musicales o cinematográficas que forman parte del imaginario popular.

En cuanto al trazo, las líneas están al servicio de la absoluta libertad narrativa y el firme rechazo al discurso acabado.

Éste es un tomo imprescindible para quienes hemos conocido a Max tarde. En él se demuestra que ha dibujado bien desde el principio y que es un intelectual bastante peculiar.

A día de hoy, la mayor exposición que se ha hecho de su trabajo, Panóptica (1973-2011), comisariada por Marta Sierra, ha pasado ya por dos ciudades: Valencia (MuVIM) y México. El próximo 21 de febrero se inaugurará en la sede del Instituto Cervantes de Madrid y a partir de junio se instalará en cinco centros Cervantes más salpicados por Brasil. Pero, ¿y Mallorca? ¿No hay ninguna institución cultural que se haya interesado por esta estupenda retrospectiva de uno de nuestros dibujantes más internacionales? Pues no. Y así se nos va todo el patrimonio de los genios que han vivido por aquí: Cela, Max, y habrá muchos más.

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